2 de abril de 2013

Había una vez...

...una finca cafetera muy bonita. En ella conocí a mi esposo, vivimos los primeros días de nuestro noviazgo y nos enamoramos. Es la finca de mis suegros, que visité por primera vez hace quince años y a la que no iba hace seis, por cosas de la vida. En esta semana santa fuimos de nuevo, de paseo, y aunque sabía que había decaído no me imaginé encontrarla tan feita y dejada.


A pesar de eso descansamos mucho, las niñas estuvieron muy contentas, en el monte, entre los cafetales, en el pueblo comiendo helados y raspado y nosotros también: yo dormí cantidades casi obscenas, cociné muy poco y de verdad llegué renovada a Bogotá. Han Solo se divirtió a su modo, pescando cucarrones, correteando a las gallinas y a todo bicho que le llamaba la atención, llegó rendido a la casa, a dormir en todo momento.


Una de las cosas que me gustaba de ir a la finca era lo mucho que podía bordar, esta vez, aunque hubo mucho tiempo, la cama ganó la partida y esto fue lo único que logré avanzar en mis reglas de halloween, de a pocos, descansado, charladito con la abuelita de Carlos, con mi suegra y los cuidanderos de la finca. Pero no importa, lo hice como a mi me gusta, sin afanes, con amor y alegría, ¡y eso es lo que vale!

Besos, feliz bordado. Karyne